Durante mi infancia, experimenté el primer síntoma de mi condición: la ceguera nocturna. Cuando oscurecía, tenía dificultades para ver y mi campo y agudeza visual se reducían paulatinamente. Además, necesitaba usar gafas con una dioptría muy alta en cada ojo. Los lentes solo me ayudaban a ver de forma más amplia y clara, pero no resultaban muy útiles con los libros escritos en físico.
En el colegio, me adapté de manera natural, aunque a veces me sentía incómodo al realizar exámenes orales frente a ciertos compañeros hostiles que se burlaban de mi dificultad visual. Además, no poder ver la pizarra y los libros que nos proporcionaban para resumir o analizar afectaba mi desempeño académico.
Las cosas se complicaron también en el conservatorio, donde los profesores no comprendían mi peculiar enfermedad y, como consecuencia, me aplazaron en algunas materias, impidiendo completar mis años de formación como músico.
Finalmente, llegó la universidad, donde descubrí una herramienta que lo cambió todo para mí: la laptop. Ahora podía realizar exámenes escritos, tomar apuntes, leer los libros de las asignaturas y todo lo que se trabaja en la universidad, solo que yo, en lugar de hacer las cosas en físico, lo hacía en digital.
