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Una ExtrañaEnfermedad

La imagen muestra a un joven con cabello largo y vestimenta casual (camiseta gris y jeans azules) en distintas etapas de exámenes oculares. En el fondo, se observan gráficos de pruebas de visión, equipos médicos y doctores discutiendo resultados.

Siempre he sido consciente de que eventualmente perdería la vista. Lo intuía, aunque quizás no de forma tan clara. Cada vez que visitaba al oculista, sabía que mi graduación aumentaría. Mi visión estaba empeorando durante el día. Ya no podía ver en la pantalla de la computadora o en el celular como antes. Atrás quedaron los días en que podía manejar bicicleta o moto, jugar videojuegos o juegos de mesa, y jugar fútbol con mis amigos. Fue un proceso doloroso, pero inevitable, adaptarme a la pérdida de estas actividades.

Mi vida cambiaría para siempre. El diagnóstico de mi enfermedad visual me sumió en un torbellino de emociones y un laberinto de obstáculos que debía sortear a diario. La enfermedad complicó mis actividades diarias. Ir a la tienda se convirtió en una tarea ardua, al igual que viajar en transporte público. La cocina se convirtió en un nuevo desafío, un juego de texturas y sabores. Aprendí a sentir los ingredientes con las manos, a percibir sus sutilezas con el olfato y el gusto. Los libros se convirtieron en mis ojos. Me llevaban a colores, paisajes y rostros que ya no podía ver. A través de ellos, podía ver de nuevo el mundo, aunque de una manera diferente.

La senda de mi vida ha estado plagada de visitas a consultorios oftalmológicos y de una serie de diagnósticos erróneos. Sin embargo, hay un recuerdo que resplandece en mi memoria: aquel día en que una oftalmóloga, con una mirada cargada de pesar, me habló de mi enfermedad como de una sentencia ineludible. Fue un diagnóstico desprovisto de esperanza

Mi enfermedad había alcanzado su etapa final, ninguna intervención quirúrgica podía desafiarla, y yo era uno de los raros afectados por este extraño padecimiento. Aparentemente, mi condición solo se ha presentado en muy pocas personas en todo el mundo. Se mencionó la posibilidad de que haya habido una mutación genética en los cromosomas de mis padres. Todo se condensa en esta idea: esta mutación y esta unión genética es tan excepcional como la enfermedad que porta.

Al fin y al cabo, mi visión y mi vida han estado marcadas por lo raro, lo infrecuente, lo único. Y aunque es una lucha diaria, me ha enseñado a ver el mundo con una perspectiva verdaderamente única.

Actualmente, mi visión se ha vuelto prácticamente borrosa. Puedo percibir la luz, lo que significa que puedo distinguir si es de día o de noche, así como si el clima está nublado o despejado. En otras palabras, he perdido gran parte de mi capacidad visual, pero aún conservo la habilidad de percibir la luz. Prácticamente veo a través de un vidrio empañado.

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