“Aunque quiera desearte, no puedo”.
“no te deseo, y forzar eso sería mentirme”.
No tengo un problema con el amor. Tampoco con el compromiso en sí. Lo que tengo es una relación honesta con mi deseo.
En mi experiencia, cuando el deseo muere, muere de verdad. No se enfría, no se esconde, no se bloquea: se apaga. Y por más que uno quiera, no vuelve. Forzarlo sería traicionarme.
He amado, intensamente. Y también he llegado a ese punto donde ya no deseo a la persona que amo. Ahí no hay nada que “trabajar”, porque sin deseo no hay vínculo vivo. Seguir sería sostener una forma vacía.
La psicología suele mentir en este punto. Habla de reactivar el deseo, de reconstruirlo, de resignificarlo, como si el eros fuera un mecanismo que se puede reparar. Eso puede funcionar cuando el deseo está bloqueado. No cuando está extinguido. Cuando el cuerpo ya dijo no, no hay técnica que lo contradiga.
No creo que las relaciones que terminan sean un error. Fueron reales mientras existieron. Fueron finitas, como casi todo lo vivo.
No busco promesas eternas ni estructuras cerradas. Los acuerdos rígidos convierten el amor en obligación, y la obligación mata el eros. Sí creo en la claridad. En decir lo que soy, lo que puedo ofrecer y lo que no prometo. No para manipular ni para confundir, sino para que nadie se engañe.
Mi forma de amar es intensa, presente y honesta, pero no permanente por definición. Necesito vínculos donde la libertad no sea una amenaza y donde la impermanencia no se viva como fracaso.
No soy superficial. Soy impermanente en el eros y asumo el costo de eso.
Eso no es evitación. Es lucidez corporal.
- el deseo murió, no se enfrió,
- no se escondió,
- no estaba bloqueado por miedo,
- simplemente se apagó.
Y cuando eso pasa:
- no vuelve con terapia,
- no vuelve con acuerdos,
- no vuelve con “trabajo de pareja”.
Eso no es cinismo. Es biología + psiquismo + repetición. No estoy negando el deseo. Estoy obedeciéndolo.