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La Asociación Que Se Le Da Al Bastón Guía Cómo Invalidez

La imagen muestra a una persona con discapacidad visual de pie en un andén de tren, utilizando un bastón guía como herramienta de orientación. El bastón toca el suelo texturizado del andén mientras, al fondo, se distinguen otras personas y un tren aproximándose. La escena enfatiza la autonomía, la movilidad y la vida cotidiana, alejándose de cualquier representación de dramatismo o dependencia.

El bastón no es invalidez. Es una herramienta funcional, comparable a unos lentes, un audífono, una prótesis o incluso al bastón que muchas personas utilizan al caminar con la edad. Su función es práctica: facilitar el desplazamiento, ampliar la autonomía, permitir la vida cotidiana.
La diferencia no está en el objeto, sino en el significado que socialmente se le ha atribuido al bastón guía. Un significado desproporcionado, cargado de dramatismo: Baja visión o ceguera total igual a incapacidad, e incapacidad igual a tragedia. Esa ecuación no describe la realidad de quienes vivimos con baja visión, o ceguera. Describe, más bien, el miedo de quien observa desde afuera.
Cuando alguien dice: “Yo cierro los ojos cinco segundos y no puedo hacer nada”, no está expresando empatía. Está expresando proyección. En el fondo está diciendo: “Yo no sabría vivir sin ver, por eso imagino tu vida como imposible”. Eso no es comprensión. Es pánico proyectado.
Yo no vivo con los ojos cerrados. Vivo con otra forma de percepción. Nada más. Y eso no tiene nada de heroico.
Es aprendizaje. Es práctica. Es adaptación.
Una persona con dioptría sin lentes tampoco ve bien. Hay incluso quienes, al quitárselos, quedan prácticamente a ciegas. Sin embargo, como el uso de lentes está socialmente normalizado, no despierta lástima ni discursos trágicos. Nadie duda de su capacidad de amar, trabajar o vivir.
El bastón, en cambio, visibiliza la diferencia. Y ahí aparece el problema: muchas personas no saben mirar la diferencia sin exagerarla, sin dramatizarla, sin convertirla en símbolo de carencia absoluta. Ese es el núcleo del prejuicio. La vista es importante, sin duda. Pero no define la dignidad ni la capacidad de una vida plena.
Hoy el bastón ha sido cargado con una idea desmedida de tragedia, como si usarlo implicara no poder amar, no poder crear, no poder disfrutar, no poder vivir. Como si fuera la señal inequívoca de una existencia disminuida. Con frecuencia escucho: “Yo cierro los ojos unos segundos y me mareo, no podría”. Claro. Porque no saben adaptarse, y adaptarse es justamente lo que hacemos quienes tenemos baja visión o ceguera total. No porque sea sencillo, sino porque hay modos. Hay cuerpo. Hay inteligencia práctica. Hay experiencia.
Existen personas que crían hijos, trabajan, crean, aman y viven plenamente sin ver o viendo poco. No a pesar de ello, sino desde esa condición.
El problema no es el bastón. Es que el problema es el prejuicio con el que se lo mira.

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