Nací envuelto en el misterio de una afección visual tan peculiar que, hasta el día de hoy, sigue siendo un acertijo indescifrable para la comunidad médica. A lo largo de mis treinta y tres años de existencia, he sido examinado por una diversidad de oftalmólogos, cada uno asignándole un nombre diferente a mi condición, añadiendo una nueva pieza a este puzle de diagnósticos.
En mi infancia, se me diagnosticó con hipermetropía, un término que se convirtió en un compañero constante durante mi crecimiento. No obstante, la adolescencia trajo consigo un nuevo diagnóstico, el de Retinosis Pigmentaria (RP), introduciendo una nueva dimensión a la percepción de mi enfermedad.
En los años universitarios, la terminología médica cambió de nuevo. Esta vez, los expertos determinaron que estaba afectado por Distrofia Cristalina de Bietti (DCB), una afección inusual que conlleva la formación de cristales en la retina.
A pesar de esta aparente claridad, no estoy completamente convencido de que este último diagnóstico sea el definitivo. Mis primeros síntomas surgieron cuando solo contaba entre 3 y 4 años de edad, mientras que la DCB típicamente no se manifiesta hasta después de los 30 años. Esta discrepancia plantea preguntas sobre la exactitud del diagnóstico y me deja, una vez más, en busca de respuestas en este viaje por la incertidumbre de mi condición visual.
