No vine a este mundo a repetir fórmulas ni a seguir caminos trazados por otros. Vine a recordar algo más antiguo que las carreras universitarias y los títulos profesionales. Algo que arde adentro, como un fuego que no se apaga aunque lo intente.
Desde siempre me ha aburrido lo que a muchos les parece «importante». Las matemáticas, la química, emitir informes, los diagnósticos, las oficinas, los protocolos… Todo eso me suena a ruido, a vacío, a cadenas disfrazadas de progreso.
Mi mente no es lógica, es simbólica. Comprendo el mundo más por vibración que por explicación. Capto cosas que otros no ven, y aunque no siempre sepa cómo nombrarlas, las siento con fuerza. Soy un radar sensible, un lector de energía, un intérprete de lo invisible.
La música es mi revolución. Cuando compongo, no lo hago desde la técnica, sino desde una fuerza que me atraviesa.
Me interesan los grandes misterios: la conciencia, el universo, la energía sexual, los dioses que fueron humanos y los humanos que se volvieron mitos. Pero todo eso lo busco sin religión, sin iglesia, sin dogma. Lo busco con los pies en la tierra y la mirada en las estrellas.
No soy un creyente: soy un explorador.
No soy un trabajador: Soy un creador.
Aunque no me interesa las ciencias duras, soy curioso, lector, filósofo intuitivo. No desde lo académico, sino desde lo vivencial, lo simbólico, lo espiritual. Leo para nutrir mi alma, no mi currículum.
