He escuchado —y también lo creo— que el ser humano, o al menos la mayoría, no está diseñado para vivir en pareja tal como hoy se concibe. No porque el amor sea imposible, sino porque confundimos amor con estructura, vínculo con posesión, compañía con encierro.
Somos seres polígamos en el sentido más básico: el deseo se mueve, cambia, se transforma. Después de un tiempo, busca otros cuerpos, otras presencias, otras formas de placer. Eso no es perversión; es naturaleza. Sin embargo, en lugar de aprender a habitar esa verdad con conciencia, hacemos otra cosa: nos amarramos.
Dos personas se conocen, se atraen, sienten algo vivo, y luego se encierran en una pareja que funciona como una cadena mutua. Una jaula de oro. Creen que tienen compañía, pero si ese vínculo no nace desde el alma, lo único que ocurre es que se poseen el uno al otro. Y en ese acto, matan el fluir de la vida y el fluir del eros.
Los vínculos verdaderamente nacidos del alma son pocos. Muy pocos.
Y no hace falta creerme: basta con observar alrededor.
Mira cuántas parejas están juntas por interés económico, por estatus, por poder, por dependencia emocional o por simple miedo a quedarse solas. Observa cómo muchas relaciones se sostienen no por amor, sino porque si se separan el patrimonio se rompe, el negocio cae o la imagen social se desmorona.
¿Hay amor ahí? Claramente no.
Una vez escuché que a alguien le preguntaron:
“¿Por qué te enamoraste de ella?”
Y respondió:
“Por los pechos que tiene”.
Otra persona dijo querer casarse porque su pareja tenía estatus, un buen auto, era buen proveedor, y con él su vida estaría asegurada.
Eso no es buscar un compañero afectivo. Es buscar un pilar económico y social.
No condeno eso. No juzgo esas elecciones. Pero sí digo algo con claridad: quienes viven esos vínculos tienen una vista muy corta de un vínculo verdaderamente saludable y están perdiendo sus propias vidas. Porque el vacío que ya existía antes no se llena en esas relaciones; se agranda. Se profundiza. Se vuelve más silencioso y más peligroso. En ese tipo de vínculos nunca se conoce una libertad sana. Y, más grave aún, nunca se conoce el amor.
No hablo solo del amor hacia el otro —que también se pierde—, sino del amor hacia uno mismo. Porque cuando alguien se queda en una relación por estatus, por dependencia, por miedo al qué dirán, renuncia a su verdad más íntima.
Así se apegan muchas parejas:
por conveniencia, por codependencia, por terror a la soledad, por la presión social de “tener a alguien”.
Qué vínculo tan poco auténtico. Qué pobreza emocional tan normalizada. Ahí no hay dos almas encontrándose y amándose de verdad. Ahí hay dos personas intentando no enfrentarse a su propio vacío. Y mientras tanto, el eros —esa energía viva que pide verdad, movimiento y libertad— queda sofocado, reducido a costumbre, a obligación, a contrato.
El amor no puede surgir en una jaula. Y menos aún puede sostenerse ahí.
