Cuando somos niños, a menudo no entendemos completamente las consecuencias de las cosas que nos suceden. Esa es la historia de muchas personas que, como yo, nacimos con una enfermedad que nos acompañará probablemente durante toda la vida.
En mi caso, recuerdo que cuando era pequeño, la enfermedad no me afectaba demasiado, simplemente la aceptaba como parte de mi vida. Sin embargo, había una paradoja que me acompañaba: mientras la aceptaba implícitamente, también tenía vergüenza de que la gente supiera sobre mi enfermedad. Es triste tener que admitirlo, pero la verdad es que muchas personas tienden a mirar a quienes tienen alguna afección, especialmente física, con lástima y compasión, como si fueran inferiores. Y aunque yo aceptaba esa realidad distorsionada que tenían las personas, en cierta medida, esa vergüenza siempre estuvo presente en mi vida. No quería que la gente sintiera pena por mí o me viera como alguien inferior. La verdad es que sentir esa lástima es algo horrible, porque te hace sentir insignificante e irrelevante para los demás.
Estamos acostumbrados a convivir con lo normal y consideramos la diferencia como algo imperfecto. La vista es demasiado importante y una persona con problemas graves de visión puede llegar a ser preocupante y hasta lastimera.
Era difícil para mí tener que aceptar que era diferente a lamayoría. Aunque ahora comprendo que todos somos diferentes.
